No tengo hijos en el colegio todavía, pero sí sobrinos, y esta semana uno de ellos me mandó un audio contándome, con total naturalidad, que le pidió a ChatGPT que le resolviera el taller de matemáticas “para no perder tiempo.” No lo dijo con culpa. Lo dijo como quien cuenta que se saltó un peaje por un atajo. Y ahí entendí, mejor que en cualquier reporte técnico de la OCDE, por qué a Colombia le fue tan mal en las pruebas PISA que se conocieron esta semana.
Lo que de verdad dicen los números
La OCDE publicó el 8 de septiembre los resultados de PISA 2025, la prueba que evaluó a más de 760.000 jóvenes de 15 años en 91 países. Colombia cayó en las dos materias que más pesan: 381 puntos en matemáticas (385 en 2022) y 399 en lectura (408 en 2022). Solo ciencias subió, a 414. La cifra que de verdad debería quitarle el sueño a cualquier rector: 71% de los estudiantes colombianos de 15 años no alcanza el nivel básico de competencia en matemáticas, y 55% no llega al mínimo esperado en lectura. Colombia queda ocho puntos por encima del promedio latinoamericano, pero 82 puntos por debajo del promedio de la OCDE — una brecha que no se cierra con un semestre de refuerzo.
Lo que nadie te cuenta: usar más IA no es lo mismo que aprender más
Aquí está el dato que casi nadie conecta con el anterior: 56% de los estudiantes colombianos usa IA semanalmente para sus tareas, la tasa más alta de América Latina —por encima de Perú (54%) y Uruguay (53%)— y diez puntos sobre el promedio de la OCDE (46%). Colombia lidera el uso de IA en el aula en la región y, al mismo tiempo, lidera el retroceso. La OCDE no dice que la IA cause el bajón —es correlación, no causalidad probada—, pero sí advierte algo concreto: la IA generativa no mejora el aprendizaje cuando reemplaza el esfuerzo intelectual en vez de acompañarlo. Y ese reemplazo no cae sobre un sistema sano: seis de cada diez estudiantes colombianos estudian en colegios con falta de materiales o infraestructura que ya dificultaban enseñar bien antes de ChatGPT. La IA no llegó a arreglar esa brecha; llegó encima de ella y la agranda. El fundador de PISA lo dijo sin medias tintas esta semana: una generación entera arriesga perder justo las habilidades que más necesitará en la era de la IA —distinguir un hecho de una opinión, navegar la ambigüedad, evaluar información con criterio propio.
La oportunidad real: lo que sí podemos cambiar sin esperar al Ministerio
Esta es la parte que casi nadie escribe. Sí hay algo que un colegio, un docente o un padre puede hacer ya, sin esperar una reforma. Primero, trazar una línea clara entre IA como andamiaje y como sustituto: que el estudiante resuelva primero, y use la IA para verificar o profundizar después, no al revés. Segundo, meter alfabetización en IA en el currículo de forma explícita —usarla bien es una habilidad, no una prohibición ni un permiso libre—. Tercero, y lo digo con intención: antes de más tabletas o licencias de software educativo, la plata pública debería ir primero a lo básico —materiales, infraestructura, más y mejores docentes—, porque ninguna herramienta compensa un aula sin condiciones mínimas para aprender. Y en cada casa, algo tan simple como preguntar no “¿usaste IA?” sino “¿me explicas cómo llegaste a esa respuesta?” separa el uso que construye criterio del que solo entrega una tarea.
Le respondí a mi sobrino que la IA no le iba a quitar el taller de matemáticas — se lo iba a devolver más tarde, en la primera decisión de plata real que tenga que tomar sin poder copiarle la respuesta a nadie. La pregunta que me queda, y que te dejo a ti si tienes hijos, sobrinos o estudiantes cerca: ¿les estás enseñando a usar la IA como una calculadora que amplifica lo que ya saben pensar, o como un atajo que les está quitando la oportunidad de aprender a pensar?
Si te interesa seguir el pulso de cómo la tecnología está cambiando las decisiones reales —financieras, educativas, de política pública— todos los días mando el Daily Briefing de ViSFI.
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