Llevo años viendo a ejecutivos de tecnología subir a un escenario como si fueran estrellas de rock, y cada vez me inquieta más lo que esa fascinación nos impide ver. Cuando OpenAI despidió a Sam Altman en noviembre de 2023, el 90% de sus empleados firmó en 48 horas una carta amenazando con renunciar si no lo reinstalaban — una lealtad que ningún banquero central o CEO industrial del siglo pasado jamás generó (Hackernoon). Elon Musk convirtió su cuenta de X en un reality show propio, y la misma plataforma ajustó su algoritmo en 2023 para amplificar sus publicaciones por un factor de mil (Node Magazine). Esto no es carisma espontáneo. Es una estrategia de atención, y funciona.

Lo que es real: el culto sí mueve mercados y políticas

No estoy exagerando el fenómeno para hacerlo interesante. Estos personajes ejercen poder genuino sobre decisiones que nos afectan: desde cambios en políticas de verificación de contenido hasta su influencia directa en agendas de desregulación gubernamental. El público los trata como visionarios solitarios que “crean” estas compañías, cuando la construcción real es obra de miles de personas anónimas. La narrativa del genio individual es más fácil de vender —y de admirar— que la complejidad real detrás de una corporación de un billón de dólares.

Lo que nadie te cuenta: quién es el dueño de verdad

Mientras el reflector apunta a la cara del CEO, miremos quién tiene el voto. Vanguard es el mayor accionista de cada una de las “Magnificent Seven” (Apple, Nvidia, Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla), y BlackRock es el segundo mayor accionista en las siete, con participaciones que van del 6% al 7,6% en cada una (Yahoo Finance). Sume State Street y tiene a “The Big Three” administrando más de US$15 billones en activos — cerca de tres cuartas partes del PIB de Estados Unidos (Of Dollars and Data). Eso no es un dato decorativo: significa voto en juntas directivas, voz en gobierno corporativo, e influencia sobre qué compañías entran o salen de los índices que casi todo fondo de pensión del mundo —incluidos los colombianos que invierten en ETFs globales— replica de forma automática.

Aquí está la pregunta que de verdad importa: las mismas compañías tecnológicas que hoy piden regulación de la IA frente al Congreso —y advierten sobre sus riesgos— gastaron más de US$100 millones en cabildeo para evitar justamente esa regulación, incluido su respaldo a una moratoria de 10 años sobre reglas estatales de IA, según la investigación abierta en julio de 2026 por la senadora Elizabeth Warren y la representante Jan Schakowsky (Oficina de la Representante Schakowsky). El miedo que dispersan en la prensa sobre la IA no es ingenuo: define qué barreras de entrada sobreviven, y esas barreras las controla casi siempre quien ya está adentro.

¿Rockstars o cortina de humo?

No creo que exista una conspiración coordinada en una sala oscura. Creo algo más simple e igual de preocupante: cuando el público idolatra a una persona, deja de hacer las preguntas estructurales sobre la empresa, el fondo que la posee y el regulador que debería vigilarla. Eso es exactamente lo que le conviene a un oligopolio — no que nadie mire, sino que todos miren al lugar equivocado. Si Vanguard, BlackRock y State Street coinciden como accionistas mayoritarios en las mismas siete u ocho compañías que terminarán proveyéndonos transporte autónomo, infraestructura de IA y los sistemas financieros del futuro, la verdadera pregunta no es si Sam Altman o Elon Musk “merecen” su culto. Es si vamos camino a un futuro con menos proveedores reales de los que creemos, disfrazado de competencia feroz entre genios rivales.

Lo que sí puede controlar

No puede votar en la junta de BlackRock, pero sí puede revisar qué tanto de su propio ahorro —vía fondo de pensión obligatorio o ETF— está atado automáticamente a esas mismas siete compañías, sin que usted lo haya decidido activamente. Puede diversificar fuera del índice de moda. Y puede, sobre todo, dejar de confundir admiración por un CEO con confianza ciega en la estructura de propiedad que hay detrás. La próxima vez que un ejecutivo de tecnología suba al escenario a anunciar el futuro, vale la pena preguntarse: ¿quién, en esa sala, tiene en realidad el micrófono apagado pero el voto decisivo?

Si este tipo de preguntas le interesa, el Daily Briefing las sigue todos los días, con datos, no con culto a la personalidad.

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